Sucre y la gloria de Ayacucho

martes, 8 de diciembre de 2009

Sucre y la gloria de Ayacucho


por el Hermano José Miguel Salas Mejías
Desde el día 4 de diciembre de 1824, ambos ejércitos marcharon separados por un abismo. Los patriotas pasaron por Huaychao el día 5, y el 6 llegaron sus avanzadas un poco más al norte de la Quinua. Los realistas tomaron la ruta de Huanta, por Paccaiccasa. El día 6 acamparon en Huamanguilla; la idea del virrey era cortar todo repliegue a Sucre. El 7 de diciembre, cada ejército hizo los aprestos para la batalla, tratando de encontrar la mejor ubicación. El día 8 hubo algunos choques entre las patrullas. Los realistas pasaron a las faldas de cerro Condorcunca y los patriotas acamparon en la Pampa de Quinua.

Esta Pampa se ubica a 12 kilómetros de la ciudad de Huamanga, conocida como Ayacucho. Es un área de suave declive que prolonga las faldas del cerro Condorcunca, montaña que se destaca en el Ande de esa región. Decendiendo de las faldas de este cerro de este a oeste y continuando por la pampa, que tiene una longitud de 1600 metros, se llega al pueblo de artesanos de la Quinua, situado al término de la pendiente. En la parte más ancha, la pampa tiene 600 metros y se encuentra limitada al norte por un barranco y al sur por una abrupta quebrada. En la época de la batalla, y a mitad de la pampa, existían enormes piedras, producto de avalanchas o "Lloclla", que cortaban el campo de norte a sur.

El día 9 de diciembre de 1824, a las nueve de la mañana, se inició la batalla de Ayacucho. A las tres de la tarde, Canterac, informado de que el virrey de La Serna había sido hecho prisionero por la valerosaacción del sargento Barahona y herido de arma blanca, tomó el mando del ejército realista y convocó a Consejo de Guerra para evaluar la situación militar de la batalla. Las conclusiones de ese consejo fueron que:
1) La batalla estaba siendo ganada por los patriotas.
2) Existía desbande en sus tropas.

A pesar de los informes, el Consejo de Guerra decidió el repliegue del ejército realista al Alto Perú para apoyar al general Olañeta, pero las tropas realistas ya no tenían fuerzas ni ganas de obedecer a sus jefes. La tropa realista, al recibir esa orden, se amotinó y se produjeron rendiciones y huidas. El Mariscal del Perú, don José de la Mar, con un ayudante, instó a la rendición a los jefes realistas, "asegurando que el general Sucre estaba dispuesto a conceder a los vencidos una capitulación tan amplia como sus altas facultades permitiesen, a fin de que cesaran del todo las desgracias en el Perú. Ante su situación militar y ya sintropas por el amotinamiento, el general Canterac aceptó la rendición.

Es de destacar que en los campos de Ayacucho, junto a las armas regulares del ejército patriota, brilló el accionar de los montoneros de Carreño, ya que cortaron el avance de las tropas de Valdez, en un momento de peligro para las tropas del general La Mar.

Acciones Militares de la Batalla de Ayacucho: En la gesta se describe esa famosa batalla en los siguientes términos: "Poco antes de iniciarse la gran batalla de Ayacucho, el general Antonio José de Sucre dijo a sus tropas: "¡Soldados!, de los esfuerzos de hoy depende la suerte de América del sur; otro día de gloria va a coronar vuestra admirable constancia. ¡Soldados!: ¡Viva el Libertador! ¡Viva Bolívar, Salvador del Perú!". Sucre comenzó a disponer sus tropas. El general peruano Agustín Gamarra era su jefe de Estado Mayor. A la derecha se situó la división colombiana, bajo las órdenes del impetuoso general José María Cordoba; en el centro, en reserva, el general Lara, también con efectivos colombianos, y a la izquierda, los peruanos, con el general La Mar.

Por su parte, la caballería comandada por el general Miller e integrada por los Húsares del Perú, Granaderos de Colombi, Húsares de Colombia y un escuadrón de Granaderos a caballo argentinos, se ubicó en retaguardia, al centro. Pero no sólo combatrían en Ayacucho efefectivos de estas nacionalidades, sino que participaron también alrededor de 300 soldados y numerosos oficiales chilenos, distribuidos entre el Batallón Vargas, el Batallón Istmo y los Húsares de Colombia.

La Serna por su parte, ultimó los preparativos para la batalla disponiendo el plan de ataque realista de la siguiente manera: La división de Valdez, que formaba su a la derecha, debería iniciar un formidable ataque al ala izquierda, que comandaba al general La Mar. La división de su izquierda del general González Villalobos debería proteger en primer lugar a su artillería mientras descendía del Condorcunca y se situaba en posición fuego.

Como segundo objetivo, debía apoyar a la división de Valdez, encargada de arrollar a la Mar y flanquear el resto de las posiciones patriotas. La división de Monet y la caballería, situadas a retaguardia y en el centro, también deberían secundar el movimiento de Valdez.

Sucre, entre tanto, se apresuró a colocar la división de la Mar, enfrentando a la de Valdez; la de Córdoba frente a la de González Villalobos; y como reserva, mantuvo a la de Lara y a la caballería de Miller. A las once de la mañana del 9 de diciembre de 1824, y casi simultáneamente, sonaron los clarines de ataque en ambas líneas. Valdez, con su intrepidez característica, atacó con ímpetu por su sector, haciendo retroceder a los patriotas. Sucre percibió el peligro y dispuso que la caballería de Miller procurara restablecer la situación, mientras llegaban en auxilio de La Mar los batallones "Vencedor" y "Vargas", de la reserva de Lara.

En el campo realista, la crítica situación producida por la embestida de Valdez en las tropas peruanas de La Mar fue tomada como el inicio de la derrota de los realista. Visto lo cual, el coronel Rubín de Celis, de la división de González Villalobos, se lanzó al ataque sobre la Mar. Sucre, entonces, arriesgando todo, arrebató la iniciativa a los realistas, ordenando de inmediato el avance de su la derecha.

El impetuoso general José María Córdoba, de las filas patriotas, al recibir la orden de avance, desmontó de su caballo con la mayor sangre fría y lo mató, arguyendo que no quería tener medios para huir. Luego, en voz alta, dio una orden que la historia ha hecho célebre: "¡Soldados, adelante; armas a discresión; paso de vencedores!". Sin dispàrar un tiro, toda la división de córdoba se aproximó a las líneas enemigas, recibiendo un mortifero fuego de la infantería y artillería realista.

Esta actitud causó honda impresión en las líneas realistas, que pronto se vieron superadas en un encarnizado cuerpo a cuerpo y empezaron a perder terreno. La Serna trató de restablecer la situación ordenando un fuerte ataque de su poderosa caballería y de toda la división de Monet contra el ataque de Córdoba, pero los cuerpos de caballería de Miller resistieron la embestida realista sin ceder un palmo, con sus lanzas en ristre y afincadas en sus monturas.

Canterac en persona tomó mandó de los selectos batallones de Gerona, pero nada pudo hacer, porque en esos momenrtos se había producido el desbande de Rubín de Celis y, con ello, de toda el ala izquierda realista. En medio de esta confusión, fue herido varias veces al virrey La Serna, que quedó prisionero de la caballería patriota. Cuando se produjo la derrota de las divisiones del general González Villalobos y de Monet, el general Valdez, que se consideraba victorioso, comprendió que pronto cundió el pánico y el sentimiento de la derrota de sus soldados. El valeroso Valdez bajó de su caballo, y se sentó sobre un peñasco, de donde fue retirado casi a viva fuerza, por uno de sus coroneles. El resto del ejército realista, con sus generales y jefes, se replegaron hacia el Condorcunca, estrechamente perseguidos por la reserva de Lara.

Antes de las tres de la tarde, el ejército realista había tenido 1800 muertos y los patriotas 309. Los heridos del bando español sumaban 700, contra 670 de los patriotas. Estas cifras revelan que, en menos de dos horas de lucha, ambos contendores habían sufrido un 26% de bajas en sus efectivos. A las cuatro de la tarde, llegó al campo realista un enviado de La Mar, ofreciendo al enemigo una capitulación honrosa. Canterac reunió en conferencia a los generales y, después de largas deliberaciones, acordaron capitular, en la necesidad de amparar a los oficiales americanos realistas y en la conveniencia de poner a cubierto de futuras persecusiones a los españoles residentes en el Perú.

Al día siguente de la victoria, el general Sucre lenvia una carta al Libertador Simón Bolivar: Ayacucho, a 10 de diciembre de 1824 A Su Excelencia, el general Bolívar, mi general: Esta concluida la guerra, y completada la libertad del Perú. Estoy más contento por haber llenado la comisión de que por nada. La orden que medió para poder librar esta batalla tan importante para libertad de nuestra América. Adios migeneral, esta carta está muy mal escrita, y embarullada todas las ideas; pero en sí vale algo; contienen la noticia de una gran victoria, y la libertad del Perú. Por premio para mi pido que me conserve su amistad.Su fiel amigo y obediente servidor. A J de Sucre.

Allí, en los campos de Ayacucho se selló la independencia del Perú y de toda América. En Ayacucho hace 185 años se derramó la sangre por igual, de venezolanos, peruanos , colombianos, ecuatorianos, bolivianos, chilenos, argentinos y mexicanos y aún españoles creyentes en la causa de nuestra común independencia.

Que el Gran Arquitecto del Universo le de gloria eterna a todas esas almas esprituales que se encuentran en el oriente eterno.